Asumir una posición de víctima implica visualizarse a uno mismo como indefenso, castigado, dolorido, impotente, temeroso, ingenuo, honesto y por lo general reactivo frente a otra persona, vista a menudo por la víctima como el «asesino».
Además, las víctimas suelen manifestar vulnerabilidad, ser muy sensibles frente a los otros, anteponer las necesidades de otros a las suyas y necesitar más la aprobación de los demás que ser capaces de aprobar. Las víctimas sufren por muchas razones. Sienten ira, frustración y dolor; y dado que, en su condición de víctimas, son incapaces de expresar directamente o manejar estos sentimientos, se encolerizan con frecuencia. La ira, la frustración y el dolor son casi siempre el resultado de asumirse como víctima, es decir, sentirse despojado, considerar ingratas a las personas por las que uno hace algo y, en última instancia, no saber lo que uno quiere ni quién es, puesto que por lo general las víctimas están más vueltas hacia los demás que hacia ellas mismas.
Habitualmente el «asesino» es tan vulnerable e inseguro como la víctima —o más aun— pero su vulnerabilidad y su inseguridad » están ocultas o se manifiestan a través de comportamientos visualizados por la víctima como agresivos, duros, hostiles, afectados,
omniscientes, perfectos, invulnerables, inexpresivos, calculadores o egoístas.
¿Qué puede hacer a alguien víctima?
Una persona llega a convertirse en víctima porque ha estado sujeta tempranamente a un medio ambiente agresivo. En muchos casos el niño, para protegerse de este medio agresivo, se retrae emocional o físicamente. Este es el primer paso para convertirse en una buena víctima.
Con el tiempo, este reflejo de retraerse se convierte en una pauta usada para enfrentar otras formas de ansiedad en diferentes contextos sociales y la víctima aprende a retirarse, a reaccionar en vez de actuar y a defenderse.
Ponerse a salvo llega a ser más importante que satisfacer los deseos de los demás. Las víctimas atribuyen el poder a los otros, puesto que los visualizan como haciéndoles cosas y no perciben que están participando en una confabulación víctima-asesino. Como las víctimas más bien reaccionan que actúan, rara vez dicen lo que quieren o tratan activamente de satisfacer sus deseos.
La consecuencia es que las víctimas se sienten enormemente despojadas y esta privación es una importante fuente de frustración, enojo y quizá furor.
Tres principales contextos de relación de pareja o familiar donde se puede dar victimismo.
- Compartiendo la complementariedad: Una persona puede encontrarse en una situación de inferioridad dentro de una relación complementaria donde existe un consentimiento mutuo, explícito o encubierto, entre otras dos personas:
En una relación paralela hay cierta alternancia de las situaciones de inferioridad y de superioridad en diferentes zonas de una relación de pareja. «Yo seré indefenso y tú me cuidarás en la zona A; y tú serás indefensa y yo te cuidaré en la zona B». En estos casos las posiciones de inferioridad se distribuyen de común acuerdo y el individuo no es demasiado inferior ni demasiado superior durante mucho tiempo en la relación. En estas relaciones hay un quid pro quo que actúa con un acuerdo tácito de que el control y el poder de la relación son iguales y equilibrados desde el punto de vista de los dos integrantes de la pareja. - Relaciones asimétricas rígidas: La «victimización» empieza a producirse en las relaciones asimétricas cuando hay escaso o ningún acuerdo entre las partes acerca de las diversas posiciones de superioridad y de inferioridad en una relación. Entonces uno toma el rol de «Víctima» siempre y el otro lo contrario. No hay intercambio de roles.
- Escalada asimétrica o luchas de poder: Dos personas pueden luchar por el control en posiciones de superioridad, o dos por las de inferioridad. Las batallas simétricas hay escaso consentimiento o acuerdo acerca de las posiciones asumidas por las personas, y ambas partes terminan por sentirse víctimas. Uno se hace la víctima, y el otro se hace más víctima todavía, lo que origina que el primero todavía se victimice más aun y así sucesivamente hasta que puede llegar a la enfermedad grave de algún miembro o incluso la muerte.
Psico terapia con «Victimistas»
Uno de los objetivos del tratamiento con víctimas es proporcionarles la experiencia de salir de la situación de inferioridad en que han pasado la mayor parte de su vida. Una vez que las víctimas, a través de su preparación terapéutica, experimentan lo que es establecer una relación de igualdad o de superioridad con los otros, empiezan a disfrutar del ejercicio de su poder, sus derechos y sus privilegios. Se tornan entonces capaces de llevar una vida más activa
dentro de su contexto social y empiezan a obtener las cosas que desean.
Además, al enseñarles a las víctimas a salir de su posición de inferioridad e iniciarlas en la dinámica de las relaciones personales, los terapeutas pueden ayudarlas a tornarse más responsables, a empezar a adoptar actitudes de afirmación de su «yo», a dejar de participar
inconscientemente en ceremonias donde hay víctimas y victimarios.
Además de observar la capacidad de las personas para colocarse en situación de víctimas, es necesario considerar también el contexto interpersonal en el que tiene lugar la «victimización».
- Dado que las víctimas son tan reactivas, el hecho mismo de señalarles la posición que están asumiendo empieza por sacarlos de ella.
- Destacar que una persona está asumiendo una posición de víctima es una manera esperanzada de describir la situación, puesto que implica que el sufrimiento es temporario y que finalmente la persona tendrá cierto control sobre la victimización.
- Subrayarles a las víctimas que ellas colaboran para serlo les da también la sensación de que tienen posibilidad de actuar de un modo diferente.
En consecuencia, desde su posición de víctimas tienen más posibilidades de evitar lo que no quieren que de obtener lo que quieren.
Después de todo, algunas víctimas bien podrían negar que lo son.
Al tratar víctimas es importante descubrir dónde y cómo estas personas se sienten en situación de inferioridad respecto de las percibidas como asesinos. Invariablemente hay algo, a veces sutil, que la víctima ve hacer al asesino y que provoca su inseguridad.
El terapeuta debe rastrear cuidadosamente ese algo. Enmarcándola debidamente, para ayudar a la víctima a salir de su situación habitual.
Un reenmarque que considero útil y fuerte es decirle a la víctima que probablemente el presunto asesino es más inseguro y vulnerable que ella misma y que tal vez sus acciones sean el resullado de su vulnerabilidad. (Rara vez las víctimas visualizan al asesino como vulnerable o inseguro.)
Las víctimas están acostumbradas a reaccionar frente a sus matadores, quienes las colocan automáticamente en situaciones de inferioridad, haciendo que por un movimiento casi reflejo den marcha atrás.
Prescripciones en terapia para las víctimizaciones
Es necesario tener en cuenta otros tres factores.
- En primer lugar, conocer qué grado de importancia tiene el asesino para la víctima y si ésta quiere mantener su vinculación con aquél. Si la persona percibida como probable asesino es importante para la víctima —es el cónyuge o el empleador—, entonces ayudarla a salir de su situación es conveniente. Pero si asesino y víctima no tienen futuro alguno en común y a la víctima no le interesa mantenerse vinculada al asesino, entonces la prescripción deberá tender a instruir a la víctima para desvincularse del asesino. Contrariamente a lo que muchas víctimas creen (que deben ser queridas por todo el mundo), tener enemigos no deja de tener sus ventajas y alegrías. Es importante que la víctima aprenda a desvincularse de las personas que considera insignificantes o desagradables.
- La segunda cuestión a tener en cuenta al enseñarles a las víctimas a habérselas con los asesinos es el control del tiempo. Generalmente, mientras menor sea el tiempo que la víctima demora en responder al ataque del asesino, mejor será. Responder a un ataque
inmediatamente reduce el sentimiento de autocompasión de la víctima, no le permite cavilar sobre el tema y además, constituye para el asesino un indicio de que los antiguos ataques ya no funcionarán.
Casi siempre, mucho después de haber sufrido un ataque la víctima piensa que podría haber dado una respuesta mejor o reaccionado de otro modo, pero ya es demasiado tarde y lo único que consigue es amargarse por haber sido estúpida. En el curso del tratamiento
aliento a mis víctimas a realizar sus tareas tratando al mismo tiempo de reducir su tiempo de reacción. Mientras más rápida sea ta respuesta al ataque, mejor. - El tercer factor involucra la eficacia de las reacciones directas en esta relación tan particular. Antes de prescribirle a la víctima una maniobra de reversión de su victimismo insto a las víctimas a responder a un ataque con exclamaciones tales como: «Lo que estás diciendo es injurioso»; » ¡Ay, ay!»; «No puedes hablarme así»; » ¡Basta ya de ataques!», etc. A veces el asesino realmente escucha y no hace falta nada más.
Cuando las exclamaciones no son escuchadas o respetadas por el asesino, se hace necesaria una intervención más fuerte, como por ejemplo una inversión de la respuesta de la víctima. Esta inversión es específica y se basa en la ansiedad que la víctima experimenta respecto del asesino percibido. Si, por ejemplo, una víctima se pone ansiosa porque percibe al asesino como frío, yo la incito a mostrarse afectiva y cálida; le indico que abrace al asesino, le tome una mano o le ponga el brazo alrededor del cuello. Esta inversión, lejos de encolerizar al asesino (aunque a veces ello puede suceder), le transfiere la ansiedad de la víctima. Después de la inversión la frialdad ya no produce ansiedad y la víctima deja de sentirse en situación de inferioridad. En este punto el asesino podría ponerse ansioso porque el nivel de afectividad (o sea, de proximidad) ha pasado a ser controlado por la antigua víctima. Casi siempre las víctimas quedan atónitas al comprobar cómo un abrazo puede hacer saltar al asesino de su asiento: la nueva situación adquiere un fuerte tinte dramático.Hay también otra inversión que considero eficaz con víctimas que visualizan a sus asesinos como agresivos, hostiles, como personas que atacan o echan la culpa. En estos casos aliento a la víctima a convertir al atacante en un enfermo mental, formulando seriamente preguntas amables como la siguiente: «¿Estás bien» «¿Todo está bien?» «¿Algo anda mal?» Cuando el asesino responde, por ejemplo, «Desde luego que todo anda bien. ¿Por qué me lo preguntas?», la víctima dice amablemente: «Estás tan intranquilo y pareces tan triste que pensé que te sucedía algo y que tal vez quisieras hablar de eso».
Es un tema complejo, que requiere ayuda profesional y darse un tiempo para que ocurra el cambio. Traspasar el victimismo puede llevar a separarse del asesino, salvo cuando la propia víctima y el propio asesino es uno mismo.
¿En qué momento te has sentido víctima y cómo has salido de esa trampa?
Extraído del libro de Joel S. Bergman:Pescando barracudas
Aura Marqués
Terapeuta familiar y de pareja
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