Don´t worry be sad, no te preocupes ponte triste.


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Hola seguidores desconocidos, hoy os quiero traer un artículo sobre algo que me preocupa, y es la necesidad que tienen algunas personas de «estar bien» incluso en los peores momentos. Y la obligación que se nos impone de «tener que ser positivos». Os voy a comentar los perjuicios de los efectos positivos y beneficios de los efectos negativos. Bajo la tiranía de la actitud positiva, no sentirse feliz es poco menos que ser un fracasado.
La distinción entre afectos positivos y negativos, por más que establecida y de sentido común, es engañosa. Aunque, en realidad, no tiene más sentido que el signo agradable/disconfortable, esta distinción introduce una dicotomía valorativa, que termina por prescribir unas emociones y proscribir otras.

Bajo la tiranía de la actitud positiva, «no sentirse feliz es poco menos que ser un fracasado». Sin embargo, todas las emociones, cualquiera que sea su agrado, son funcionales y por ello “positivas”. Así, los afectos negativos tienen efectos positivos, precisamente por la experiencia disconfortante que comportan. Sin miedo no se iría muy lejos en la vida y sin vergüenza no se sería persona. Por su parte, los afectos positivos no dejan, a pesar de todo, de comportar sus desventajas.
No está demás señalar los perjuicios de sentirse demasiado bien y las paradojas de la felicidad y su lado oscuro, así como los beneficios del afecto negativo y de la tristeza, quién lo diría.
Felices, pero acaso creídos, egoístas y tristes .

Don’t worry, be happy, no siempre es la mejor canción. Y si estás triste, no siempre es para preocuparse. Don’t worry, be sad tiene también sus cosas buenas.
Si el estado de felicidad puede traer consecuencias infelices, el estado de humor triste puede acarrear sus beneficios, al menos ocho

  • Mejor memoria
  • Juicios más precisos
  • Menos credulidad
  • Reducción de estereotipos
  • Ventajas motivacionales
  • Ventajas interpersonales
  • Mayor justicia
  • Persuasión más afectiva


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Demasiada felicidad puede empalagar y cuando menos interferir en la vida. Empalaga, seguramente, cuando eres “tan feliz” que ya no necesitas nada más y permaneces “apalancado” en estado de bienestar. La felicidad interfiere cuando lleva a uno a conductas de riesgo (aventuras mal calculadas, conducción temeraria, optimismo galopante, probar de todo).

Una felicidad subida puede constituir una condición clínica de hipomanía o manía, caracterizada por un persistente estado de alegría y optimismo y ausencia relativa de afectos “negativos”, de manera que todo va sobre ruedas. Al igual que en la depresión, la manía implica rumia, en este caso, de pensamientos “positivos” del tipo lo bien que me siento y lo feliz que soy.

Pocos hay más felices que los pacientes bipolares en fase maníaca. La felicidad no es apropiada y adaptativa en todo lugar y tiempo. Una persona alegre y jovial puede ser más lenta, confiada y creída (que una más miedosa y pesimista) en amenazas potenciales y posibles engaños. Los participantes en un experimento a los que se les ha inducido un estado de humor positivo, “feliz”, muestran una tendencia a aceptar la veracidad de las comunicaciones y menos capacidad para detectar el engaño que aquéllos que tenían un humor triste, los cuales eran más escépticos y hábiles en detectar mentiras . No siempre se puede andar por ahí alegremente. Cuando se trata de aprender algo nuevo, liberado de preconcepciones y estereotipos, los afectos positivos no son muy positivos para ello.

Los felices son más propensos al “error fundamental de atribución”, consistente en sobreestimar las disposiciones y motivos personales internos a la hora de explicar las conductas observadas en los demás, en detrimento de motivos externos como el rol social, la situación y las circunstancias. Los felices pueden ser un tanto creídos, ahora en el sentido de vanidosos, orgullosos y pagados de sí mismos, como para tener que aprender cosas nuevas que desafíen su seguridad.
La felicidad de uno no es necesariamente una bendición para los demás. Antes bien, el feliz tiende a ser egoísta, pensando en lo suyo, más que justo con los otros.

Es como si, por ser feliz, te lo merecieras todo. Los individuos “felices” parecen ser más superficiales en valorar la situación, en contraste con los “pesimistas”, que parecen ser más juiciosos y toman en consideración más detalles. Mientras que los individuos con humor positivo parecen ir “sobrados”, sin tener que atender a los detalles, los individuos con humor negativo son más cautos y están más atentos a los detalles, a las normas y a los usos apropiados en las interacciones .

Cuando todo va bien, no hay problema con expresar emociones positivas. Pero cuando se tienen problemas, la exhibición de emociones positivas (cara sonriente y demás aparejos de felicidad) da a entender que todo está O.K, sin ser el caso y sin ser probablemente lo mejor que uno pudiera hacer. Si realmente las cosas no van bien, las emociones negativas, como el enfado, la indignación, la tristeza, el temor o la preocupación, pueden ser más positivas.

Tampoco las cosas se arreglan con auto-afirmaciones positivas, tan socorridas como “yo puedo”, “soy adorable”, “valgo mucho”, etc., las cuales puede que sean así o que no (con perdón). Así, la búsqueda de la felicidad puede fácilmente traer los efectos contrarios como decepción, soledad y depresión.

Extraído del artículo LA PSICOLOGÍA POSITIVA Y SUS AMIGOS: EN EVIDENCIA
Marino Pérez-Álvarez Papeles del Psicólogo, 2013. Vol. 34(3), pp. 208-226

Un artículo con opinión opuesta lo podéis leer en:

Emociones positivas, psicología positiva y bienestar
Enrique G. Fernández-Abascal

http://www.educacion.navarra.es/documents/27590/677323/Emociones+positivas,%20psicolog%C3%ADa+positiva+y+bienestar.+Enrique+G++Fern%C3%A1ndez-Abascal.pdf/cb3932cb-f340-40ef-861f-40ffc42d6c25

 

Aura Marqués.
Psicóloga y terapeuta en Palma de Mallorca

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